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Héctor “Buby” Figueroa Bernal y su boda de oro con la medicina

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“El cariño de mis pacientes es la riqueza más grande que tengo”, afirma el reconocido profesional.

Han pasado medio siglo y para el Dr. “Buby” Figueroa Bernal -como lo reconocen sus amigos y pacientes-  no cambió nada. El consultorio, tiene pequeños retoques, pero la esencia sigue siendo la misma. La pasión por la medicina continua intacta, más allá de los avatares de la tecnología, que lo obligan  a actualizarse de manera permanente. El amor y la dedicación por sus pacientes es una costumbre inalterable en la vida de este hombre sencillo, siempre con una sonrisa y la cordialidad a flor de piel. Es un médico de los de antes, genera confianza en el trato, y a partir de allí hay que escucharlo.

¿Cómo vive esta etapa en su profesión?

Cincuenta años en esta misma silla. Esto significa una vida, de hacer lo que me gusta, pero además no ser hacer otra cosa, entonces el dilema persistirá hasta cuando llegue el retiro: no sé qué voy a hacer ese día. Nos metemos tanto en esta profesión, que a su vez es dinámica y nos obliga a estar actualizado, que de repente uno se olvida de hacer otra cosa. Te confieso que le temo a la jubilación, pero es la vida. Sé qué cuando llegue el momento la asumiré feliz y contento.

La vida le dio una hermosa familia y también tiene un hijo médico ¿Qué siente?

Es un orgullo que tengo pero de todos mis hijos. Sebastián en estos momentos está en París, en un Congreso mundial de hígado debido a que su especialidad es la hepatología. Anda bien el “changuito” y ya tiene como once años de médico. A todos se le dio por lo social, tengo una hija, Magdalena, la mayor que es Licenciada en Asistencia Social. Mi segunda hija es hermanita de María, es religiosa y hace 25 años que se fue. Está en Buenos Aires, trabaja en la comunidad y en el sanatorio Mater Day. Después de 18 años, me vino el último que se recibe el mes que viene de contador. No quiso saber nada de la medicina. Se va a Irlanda este año a perfeccionarse y mejorar su inglés. En este aspecto estoy cumplido al haber criados a mis hijos y que cada uno tenga su profesión.

¿Cambió mucho la medicina?

Te diría que un cien por cien. Es fantástico. Cuando me recibí, en el año 68 no existían la ecografía y la tomografía. En cambio ahora, tenemos todo al alcance para poder hacer más efectivo el diagnóstico. Ante dependía mucho de la observación, nos guiábamos por el ojo clínico, con eso llegamos a los diagnósticos, aunque era fundamental tener una buena formación para poder prescindir de la tecnología que existe ahora. La cosa es más fácil, pero la medicina es más amplia y uno nunca termina de leer, de estudiar, siempre sale algo nuevo.

También aparecen virus nuevos…

En mi época no existía el HIV, nada de esas cosas, ni se discernían tantas hepatitis como existen ahora. Todo progreso y enfermedades incurables hoy se curan. Enfermos que no veían, se les saca el cristalino y salen viendo, personas que no escuchaban se le ponen un oído artificial y solucionado el problema. Todo cambió un montón.

Debido a las diversas patologías ¿Hoy existen más especialistas?

La medicina es cada vez más difícil y no se puede abarcar todos los temas. Clínicos que hagan medicina general no quedaron muchos, porque hay que estar actualizado. Sin embargo es el que recibe al paciente en primera instancia y de acuerdo a la enfermedad tiene que  derivarlo. Ahora las patologías son tan complicadas que a veces nunca se termina de estudiar un paciente para evaluarlo correctamente.  Para mí la clínica médica, la medicina interna es muy importante y no hay nada más lindo porque se tiene un trato directo con el paciente y con su familia. Es importante sentirse miembro de su círculo más íntimo.

¿Qué recuerdos tiene en la profesión?

Muchos… el cariño de mis pacientes, por ejemplo cuando llega el 3 de diciembre, el Día del Médico y que se acuerden a través de notas, llamados y obsequios. Estas muestras de afecto me impulsan a seguir viviendo y continuar trabajando. El cariño de mis pacientes, es la riqueza más grande que yo tengo. Nunca tuve problemas importantes, ni mala praxis, ni nada de eso. Esta situación me ayuda mucho a seguir y querernos con mis pacientes. Por allí comienza todo el tratamiento, desde el momento que le da la mano. En esos momentos ya se empieza a sentir mejor y yo también.

¿Qué sensación tiene cuando pierde un paciente?

Impotencia, dolor y mucha tristeza. Uno dice me voy a acostumbrar, el tiempo lo va mitigando, endureciendo, pero cuando se te va un paciente, es un golpe que te cuesta asumir. Uno se lo lleva a la almohada, mortifica un tiempo, es doloroso, sobre todo en los clínicos que tenemos un trato distinto a la del médico especialista. Es una parte brava de la medicina saber aceptarlo. De cada diez diagnósticos, siete u ocho están hechos bien y dos o tres pueden que no, lo dicen las estadísticas. Eso también influye.

¿Cómo ve la medicina actual?

La veo cada vez mejor. Todos los días hay avances, todos los días aparecen medicamentos nuevos y buenos. La veo cada vez mejor porque uno tiene la posibilidad de instruirse, además tenemos internet que nos ayuda un montón.

Muchos dicen que no…

Es una ayuda, para consultar, hoy comprar un libro se hace imposible, entonces viajar a un congreso, siempre y cuando no lo inviten, cuesta demasiado. Además de los gastos, hay que dejar de trabajar, como mínimo una semana. Se hace difícil, pero no obstante los congresos viven llenos y el médico tiene la necesidad de perfeccionarse.

¿Qué le diría a un médico que recién comienza?

Que lea de todo y que se acerque al paciente. Primero con un trato afectuoso, el resto va a venir solo. Hay que ser paciente y poner la orejita para escucharlo, pero no solo al enfermo, sino también a la familia. Hacer que se sienta contenido espiritualmente porque después llegará el diagnóstico.

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